lunes, 4 de julio de 2011

Sol

Fíjate tú, que el otro día me asomé por la ventana y me acordé de ti. Sí, de ti. Pasamos tantísimas cosas juntos, y me vinieron unas imágenes muy precisas que te sorprendería recordar.
Lo primero que vi fue tu rostro sonriente, precedido por unos hoyuelos bien marcados. Tus pequeñas pecas en las mejillas, tu pelo alborotado y sí, vi tus impresionantes ojos. Verdes, muy verdes. No hacía falta que sonrieses con toda la cara, con tus ojos me bastaba. Recuerdo que cada uno tenía una pequeña motita marrón al lado izquierdo del iris.
Después, me acordé de una vez que íbamos camino de una estación, con las maletas rodando detrás nuestro, haciéndonos alzar la voz. Estábamos hablando de qué haríamos con un millón de euros. Hablabas de viajes exóticos, piñas coladas en playas cristalinas y lujos inimaginables con vistas al mar. ¿Con un millón de euros daría para todo eso?, pensé yo. Pero en realidad haría exactamente lo mismo con ese dinero, solo que bien acompañada.
Eras como mi reflejo en el espejo, mi segundo yo, aquella gran parte de mí que perdí en alguna parte de mi vida. Eras exactamente mi reflejo en el espejo, pero siempre nos separó el cristal.
Cuando pensaba eso, recordé con amargura que pudimos ser la pareja perfecta, lo más profundo que se hubiese visto y más, y me vino a la cabeza que pusiste tierra entre nosotros. A falta de unos cuantos kilómetros, pusiste un océano entero.
Quise ser la princesa de tu sangre azul, que me pusieses un bello zapato a mi medida y nos fuésemos juntos a nunca jamás, pero me obligaste a verte como un sapo, una rata o similar. Me obligaste a no verte.

Cuando recordaba todo esto estaba mirando por la ventana caer las hojas rojizas del otoño, y el atardecer a su lado. Por eso me acordé de ti, porque fuiste mi sol de oriente, el punto culminante de mi vida y desapareciste por el Oeste. Ahora que llega la noche, ahora que tú no estás, todo está frío y oscuro, esperando a que vuelvas...