miércoles, 23 de febrero de 2011

Paradojas.

El otro día me encontré con una mujer que lloraba en medio de la calle
Le pregunté:
-¿Por qué lloras?
-Porque el mundo no me quiere, por eso lloro.
-Si el mundo no te quisiera no estarías aquí.
-No quiero estar aquí, y el mundo me sigue dejando aquí.
-¿Y dónde quieres estar?
-No quiero estar aquí.
-Pues vete de aquí.
-Es que no puedo.
-¿Por qué?
-Porque estoy llorando.

domingo, 6 de febrero de 2011

ML E V

Toqué el timbre.
-¡Hola! ¿Puedo pasar?
-Claro, sabes que aquí siempre eres bienvenida.
Atravesé el umbral, la entrada y, recordando muchas cosas, abrí la puerta del salón.
Todavía estaba ahí, cogiendo polvo. Se me inundaron los ojos en lágrimas, llenos de nostalgia y arrepentimiento.
Las personas comenten muchos errores, y a veces no se dan cuenta; pero peor es hacerlo y ser consciente de ello. Luego piensas y reflexionas, teniéndolo todo en mis manos, en mis yemas, lo desperdicié como si cosas así todo el mundo te las ofreciera.
Paseé mis dedos por la madera cobriza, recordando la de veces que lo abrí, lo contemplé y lo dejé a un lado, como si fuese un juguete.
Me senté en la banqueta, que seguía pesando una tonelada, me encaré con él y no pude hacer otra cosa más que llorar.
Lo abrí y, me di cuenta de que aquel piano de pared me había estado esperando, pacientemente. Porque para él, el  tiempo no pasa, pero para mí sí. Las teclas seguían siendo blancas y negras, algo duras al tacto, suaves y frías.
Una ola de esperanza me invadió, tal vez haya cambiado, tal vez por fin pueda reconocer las cosas y se haya reblandecido este duro e ignorante corazón. Solo habría una manera de saberlo.
Temblando y secándome las lágrimas cogí un libro sin tapa, de hojas amarillas y lo abrí por la página 21.
Recordando, toqué mal Für Elise, intentando retroceder dos años atrás.