Todo él empieza un día cualquiera, cuando comienzas a recordar, a pisar los suelos empedrados con las manos en los bolsillos. Buscas entre la niebla de todas tus vivencias el primer día que fuiste por ahí, y sí, lo encuentras, forrado de miedos, burlas, pasiones y desprecios.
A todo esto aparece un cuchitril llamado bar al que frecuentaste una temporada. Su puerta cochambrosa, el cartel de "temporada de jamón" que lleva ahí tres años. La luz amarilla casi inexistente. ¿Cómo narices pudiste ir ahí cada día?
Diecisiete pasos, izquierda, segunda calle a derecha. Bar-restaurante Ana Manolita. La comida más grasienta y campestre de la ciudad. Suerte que coseguiste desengacharte de aquel mal queso de cabra.
Y, por fin, siguiendo la Avenida Reina Victoria hacia arriba, llegas a la famosa plaza. Fueses a donde fueses, a cualquier hora, acababas ahí, sentado frente a la fuente de los angelitos.
En el fondo odias esa fuente, esa plaza y esa catedral de amplias arquivoltas, pero vives en tu maldita burbuja de recuerdos, creada a base de inquietudes
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